El primer día de la primavera del ’84

Cuando llegó el primer día de primavera, Rodri salió corriendo al patio de la casa de los abuelos y con un aire de complicidad me miró a mi, su hermano, y me dijo: ¿te has fijado que no hay nada más lindo que la primavera?. Algo cursi lo encontré yo, dado que el no era para nada la persona sensible que estaba demostrando ser y que en el fondo cautivaba a la pequeña alfonsina. Yo lo miré con mi cara de tres por cuatro y prosigió -te lo digo porque las flores se abren a la vida y puedes disfrutar del esquisito perfume que…ahh ya cállate -le respondí- si sigues con esa antigua cantinela no podré invitarte a nuestro juego de James Bond y los espías. Tendré que hacerlo con Jaime y al muy cabrón le encanta hacer el papel principal y le sale pésimo acoté. Con esa actitud, el único papel que podrías interpretar es el mrs. Doubtfire. Rodri se puso a llorar, se puso a llorar de la misma manera en que lo hizo la última vez que se encontró con Jaime y este no lo saludó al pasar. Su vida, una tortura permanente, habia estado plagada de estos episodios mamones e inexplicables. Jaime llegó atrasado para variar. Traía su mantita que no la suelta para nada, esa con olor a leche agria y mirándome a los ojos, me preguntó que si podía pasar al baño antes de empezar el juego. Al salir del baño me expreso que se sentía un “poco cansado”. Tarde en la vida llegaría a entender que ese “cansado”, significaba ni más ni menos que estaba “raja”.

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