Solar de desconsuelo

Era el Verano del ’82 o ’83, no lo recuerdo bien. Solíamos pasar todo el período de vacaciones en las quietas aguas de Maitencillo. A veces Jaimito se nos sumaba por un fin de semana cuando sus padres lo dejaban acompañarnos…el veraneaba en Cartagena. Esa mañana Rodri y yo coleccionábamos conchitas y piedras de mar de diferentes colores que encontrábamos en la caliente arena de la playa. Mas tarde me daría cuenta que rodri se metería en mi habitación y me robaría las mejores piedras de colores. El sabía que yo tenía la mejor suerte para encontrar las más bellas. Hoy recordé esa tarde como se recuerda algo que paso casi en otra vida, de manera lejana y sin muchos detalles. Rodri vestía unos pantaloncitos cortos que nuestra madre nos había hecho a nosotros con un color diferente para cada uno. A mi me tocó el de color amarillo y extrañamente a el le hicieron uno celestito, como si todavía nuestra madre sintiese que el era su “bebé”, el mas preciado niño que dios le había regalado. A mi no me importaba. Yo era el regalón de mi padre, sabía que tenía que esperar un año completo y al final mi propio viejito pascuero me alegraría con el regalo más hermosos de esa navidad. Con los años me distancie de Rodri…el tiempo es una vieja mañosa que se maneja a un ritmo incomprensible. Supe que durante un tiempo estuvo bajo los efectos de las peores drogas y que incluso se prostituyó por dinero. Allí fue donde volvió a ver a Jaime después de tantos años. Jaime reconoció su rechoncha cara azotada contra una solera del barrio más antiguo de Santiago. Lo llevó a un café y mientras le compraba un sandwich de dos lucas, le preguntó que es lo que había estado haciendo todos estos años. No hubo respuesta. Después de unos minutos que pudieron haber sido más de los necesarios, Rodrigo se recupero un poco, se limpió con la manga la mayonesa que ya se habia juntado con todo el resto de aceite de su ropa y le dijo: Aquí y allá, Jaimito…aquí y allá. Jaime lo rocordaba mas bien gordo, pero ahora su semblante no era ni con nada parecido a la papa verdosa que solía ser, ahora era el débil semblante de un soldado desconocido que logró volver de la guerra. Sólo dios sabe porque Jaime hizo y dijo lo que nunca antes hubiese hecho en su vida…se incorporó del asiento y mirando a los brillantes y llorosos ojos de Rodrigo le dijo: Te quedarás una temporada en mi casa.

(…luego continúa la célebre historia de 2 loosers en Santiago)

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